INCORPORACIÓN DE RESIDUOS DE COSECHA PARA INCREMENTAR LA ACTIVIDAD MICROBIOLÓGICA EN SUELOS PIÑEROS
- 15 mar 2022
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Actualizado: 28 mar 2022

Resulta muy preocupante que cada vez más productores que utilizan la tecnología Producción Intensiva de Piña en Ambiente Protegido (acolchado plástico total y malla-sombra), con la cual logran significativos incrementos en sus cosechas de fruta e hijuelos, exploten a las plantas-madre de los acahuales hasta sus últimas energías y dejen cada vez menos materia verde disponible para ser incorporada después de concluido en ciclo comercial del cultivo. Esto ocurre en un periodo hasta 30% menor al convencional (con manejo a suelo desnudo) y después de 2 o 3 cosechas de fruto consecutivas (sin preparación del suelo, ni resiembras). Algunos de ellos, antes de levantar el acolchado, recogen totalmente los restos de plantas-madres y los sacan del lote para tirarlos o eliminarlos en otros sitios, dejando sin este valioso recurso al terreno que los generó. Resulta todavía peor cuando tratan de quemarlos ahí mismo junto con la película plástica, intentando inútilmente de destruirlos completamente, objetivo que nunca se cumple ya que siempre quedan bastantes restos del plástico que contaminan los terrenos afectados más temprano que tarde los lotes vecinos. No hay nada mejor para el suelo que dejar lo más posible de materia verde para incorporarla e ir aumentando cada ciclo, el contenido de Materia Orgánica, único alimento de los microorganismos benéficos que lo habitan y que son quienes transforman los compuestos nutritivos insolubles que se van acumulando como hojarasca y humus en el suelo, a formas realmente asimilables para las plantas.
Según Hepton (2003) los suelos ideales para el crecimiento de la piña son aquellos con alto contenido de Materia Orgánica (como los medianamente ricos, 2.4% a 3,0%; ricos, 3.0% a 4.2%; y extremadamente ricos, >4.2%), pero desafortunadamente ninguno correspondiente a los suelos piñeros regionales del Bajo Papaloapan, ya que solo el 20% de estos supera el 2.0% (contenido intermedio), el 30% presenta valores que van de 2.0 a 1.5% (pobres), mientras que el 50% restante, son inferiores a 1.5% (extremadamente pobres). Es de observarse que a mayor número de ciclos de explotación con piña, corresponde una menor cantidad de materia orgánica en el suelo. Varios autores mencionan que los bajos contenidos de materia orgánica no son estrictamente limitantes para el desempeño del cultivo (Malézieux y Bartholomew, 2003; Francisco y Uriza, 2012), lo cual puede explicarse por las propias características de las plantas de piña, las cuales por ser bromeliáceas y contar con un eficiente sistema radical adventicio y foliar, dependen menos del suelo para nutrirse que cualesquier otro cultivo convencional, como maíz, frijol o chile. Al parecer, las aplicaciones foliares y liquidas de fertilizantes químicos comúnmente utilizadas en piña, e incluso las fertilizaciones sólidas dirigidas a las raíces adventicias ubicadas en la base de las hojas inferiores de las plantas, pueden “sustituir” en la práctica al reservorio de nutrientes que tradicionalmente contiene el suelo, siempre y cuando sean lo más completas y equilibradas posible. Sin embargo, y aun cuando con ellas se obtengan rendimientos comercialmente rentables, esto no significa que el sistema suelo-agua-planta, en general, se encuentre en las condiciones más adecuadas para una producción sustentable y agroecológicamente deseable, ya que es muy predecible que en un suelo pobre en materia orgánica ocurran desequilibrios biológicos y nutrimentales. En ellos, los microorganismos patógenos (nematodos fitoparásitos y hongos como Phytophthora, Pythium, Fusarium, Thielaviopsis, etc.) habitualmente superan en número y actividad a los benéficos (Trichoderma, Azospirillum, Rhizobium, Bacilus subtilis, Paecilomyces lilacinus, endomicorrizas, etc.); los nutrientes, reciclados de manera regular por la naturaleza, se encuentren en formas no disponibles a las plantas, por falta de acción microbiana (mineralización); y la humedad no penetra fácilmente y se pierde rápido por falta de estructuras y agregados del suelo que se forman por la acción de compuestos orgánicos como el humus y sus derivados (ácidos húmicos, fúlvicos y humina). Por ello se dice, que en general, los suelos pobres en materia orgánica pierden su capacidad de aireación, de retención de calor, de mantener temperaturas más constantes y de amortiguar cambios físicos, químicos y biológicos bruscos que dañen al sistema.
Los restos verdes y triturados del cultivo anterior, al incorporarlos y descomponerse, incrementan el contenido de Materia Orgánica de los terrenos, lo cual mejora su estructura, aumenta su capacidad de retención de agua y permite el incremento de la actividad microbiológica, específicamente de los considerados organismos benéficos, lo cual mejora la calidad biológica del suelo. Los residuos de cosecha recién incorporados y los no descompuestos que estén ahí presentes en el suelo, no deberán confundirse con materia orgánica (MO).
Debemos considerar que de una hectárea de piña manejada bajo ambiente protegido (acolchado plástico y malla-sombra), se pueden extraer en promedio 170 ton de fruta en dos cosechas y 80 ton de hijuelos (200 mil, de 400g c/u) lo que hace un total de 250 ton de materia fresca (tejidos vegetales sin deshidratar) en números redondos, equivalentes a 15 ton de materia seca (material ya deshidratado), mismas que son exportadas del sistema por lo que ya no regresan al mismo, empobreciéndolo. Esta “fuga” de nutrientes, estimada en kg/ha, es de aproximadamente: nitrógeno, 400; fósforo, 80; potasio, 350; calcio, 100; y magnesio, 100.
Para contrarrestar esta “fuga” de nutrientes, aunque solo sea en parte, es importantísimo que los propietarios y usuarios de los predios piñeros tomen conciencia del valor que la práctica de incorporar los restos de la cosecha anterior tiene y hagan lo posible por realizarla de manera correcta y oportuna. Las 50, 75 o 100 ton/ha de restos frescos correspondientes a plantas-madre residuales, cuyo porcentaje de humedad es del 85%, representan alrededor de 12 ton/ha de materia seca en promedio. Si estos restos son debida y adecuadamente reintegrados y mezclados al suelo para su progresiva descomposición, retornarían nutrientes en sus formas biológicas-orgánicas, en las siguientes cantidades promedio (en kg/ha): nitrógeno, 150; fosforo, 50; potasio, 350; calcio, 50; y magnesio, 50, las cuales no son nada despreciables y ayudan en mucho a reducir la necesidad de aplicar fertilizantes sintéticos y sus negativos efectos en la fertilidad del suelo.
Es de resaltar que antes de disponer de la tecnología del acolchado plástico total, bajo el sistema de manejo a “suelo desnudo”, mucha de la materia orgánica y otros nutrientes se perdían por la fuerte erosión edáfica que se presenta en plantaciones no protegidas, con valores de 150 ton/ha de suelo perdido/ciclo de cultivo. Afortunadamente el efecto protector que tiene el acolchado plástico total sobre el suelo, al reducir a menos de 10 ton/ha de suelo perdido/ciclo y conservar in situ los nutrientes y Materia Orgánica contenidos en él, permitirá conservar y recuperar progresivamente la fertilidad que han perdido los suelos piñeros a través de poco menos de un siglo de explotación, haciendo esta actividad más sustentable. La evidencia de mejora del suelo bajo el sistema de manejo con acolchado plástico, se puede observar en las gráficas de la Figura 1, reportada por González (2014), en su tesis de licenciatura en agronomía.
En un estudio realizado por Zetina y Uriza (2012) en un lote de la finca San Miguel, durante un primer ciclo de cultivo, reportan contenidos promedio de materia orgánica del orden de 1.25% en la parcela a suelo desnudo y de 1.41% en la de acolchado plástico, ambos valores clasificados “pobres”. En la Figura 1, elaborada por González (2014) se aprecia que en la misma parcela experimental de la finca “San Miguel”, el porcentaje promedio de materia orgánica resultó mayor (1.8%, medianamente pobre) que en la de “El Quilate” (1.5%, pobre), lo cual es lógico ya que esta última llevaba (hasta hace apenas uno o dos ciclos), alrededor de 50 años en explotación continua bajo el sistema convencional a “suelo desnudo”, mientras que en la primera el suelo ha tenido “descansos” y cambios de uso de manera intermitente, principalmente utilizando el predio para fines ganaderos. Como sea, los que presentan ambos sitios, son valores que están muy por debajo de lo deseado, ya que se consideran de “medianamente pobres” a “pobres”.
En las gráficas de la Figura 1 de González (2014), se puede observar que en ambas fincas, el acolchado plástico (AP) supera al manejo convencional a suelo desnudo (SD), en cuanto a contenido de materia orgánica en la capa más superficial del suelo (profundidad 0-5 cm). Esta superioridad del acolchado es, aparentemente, el resultado de permitir bajo la película plástica, un ambiente con temperatura y contenido de humedad en todo el perfil del suelo más adecuado y estable, una mejor circulación de los gases y nutrientes, y una mayor actividad microbiológica. También se debe sin duda, a las menores y casi insignificantes pérdidas de suelo, nutrientes y materia orgánica por erosión, arrastre y lixiviación, al ser el acolchado una barrera protectora contra este proceso degenerativo del recurso.

Figura 1. Porcentaje de Materia Orgánica en el suelo, a cuatro diferentes profundidades, con acolchado plástico AP) y suelo desnudo (SD), en dos fincas de Isla, Veracruz, después de dos ciclos ininterrumpidos (30 meses) de cosecha de frutos y vástagos. Inifap-UV 2014.
La calidad biológica del suelo es un indicador de la eficacia del manejo de los agro-ecosistemas. Uno de los parámetros para medir la calidad del suelo es su microbiota, y esto se debe a que la dinámica de las poblaciones microbianas puede describir la situación y tendencias de las condiciones del suelo en respuesta a las prácticas de manejo (Doran y Parkin, 1994; Vargas et al., 2009) (Grümberg, Conforto, Pérez, Rovea, y Boxler, 2012). La calidad biológica de un suelo está representada por la diversidad y actividad de los microorganismos heterotróficos (hongos y bacterias) y la mesofauna compuesta por pequeños invertebrados macroscópicos (artrópodos, lombrices y nematodos no fitoparásitos) que lo habitan. Cuanto mayor sea el número de especies y sus poblaciones en un suelo, mayor será su calidad biológica, aclarando que bajo esta condición siempre existe un claro predominio de las especies benéficas, sobre las fitoparásitas; caso contrario ocurre en suelos de baja calidad biológica, donde los organismos fitoparásitos son los predominantes. Se debe tener muy en claro, que finalmente son estos microorganismos heterotróficos la base de las cadenas tróficas detritívoras, por lo que son los descomponedores más importantes de los restos vegetales incorporados al terreno y cuya velocidad de disgregación está directamente relacionada a las poblaciones y diversidad de ellas (Newell, 1993).
Al respecto, Espinoza (2015), demostró en su trabajo de tesis “Efecto del acolchado plástico sobre la fertilidad biológica del suelo en el cultivo de piña (Ananas comosus) en la región del Bajo Papaloapan, México”, realizada en lotes experimentales de las fincas “El Quilate” y “La Torre”, que el acolchado plástico: 1) conserva sustancialmente más humedad del suelo (SD: 6.1% vs AP: 9.8%), valores que equivalen respectivamente, a 18 y 80% de Humedad Disponible (HD) para las plantas; 2) mantiene estable el pH del suelo, aunque en ocasiones lo hace ligeramente más acido, tal vez por una mayor actividad microbiana; 3) incrementa la cantidad total de especies de hongos encontradas en las parcelas estudiadas, con una media de 16.1 en comparación con las parcelas a suelo desnudo, con un valor de 13.0; 4) incrementa la cantidad total de especies de bacterias, con una media de 4.3 en acolchado plástico, mientras que el suelo desnudo de solo 2.1; 5) mayor abundancia de hongos y bacterias en el suelo (Figuras 13 y 16), con una media de 143.1 colonias de hongos y bacterias en acolchado, mientras que el suelo desnudo solo dio origen a 42.1; 6) aumento en la respiración basal del suelo como indicador de actividad microbiológica, con una media de 26.6 en el tratamiento de acolchado plástico, mientras que para el tratamiento de suelo desnudo fue de 21.1 CO₂(mg)/100g/96h; 7) y finalmente que este insumo (AP), permite mejorar las condiciones físicas, químicas y biológicas del suelo, lo cual modifica significativamente el comportamiento de la humedad, temperatura, pH, microorganismos benéficos y seguramente en la disponibilidad de los nutrientes disponibles en el suelo, lo cual se ve reflejado en la evidencia de que en Acolchado Plástico se cosechó un 30% más de fruta en dos ciclos continuos y el mismo periodo de tiempo, que en suelo desnudo.


Es importante resaltar que no basta con incorporar, cada que sea posible, una razonable cantidad de residuos del cultivo anterior para elevar el contenido de materia orgánica y de nutrimentos, sino que esto se debe hacer de la manera más adecuada y oportuna. Los restos deben triturarse al máximo para aumentar su superficie de contacto con el suelo, la humedad y los microorganismos descomponedores. Los restos vegetales pueden ser incorporarlos progresivamente mediante varios pasos con rastra pesada o más puntualmente mediante un barbecho profundo, entre 40 y 50 cm de profundidad. La incorporación se deberá efectuar con suficiente anticipación, por lo menos dos meses antes de la siembra, pero mejor cinco o seis, para permitir un mayor avance en el proceso de descomposición. Algunos expertos incluso sugieren que, a la par de la incorporación de los restos vegetales, se apliquen entre 250 y 500 kg de sulfato de amonio/ha como alimento (nitrógeno y azufre) para estimular la multiplicación de las bacterias responsables de la descomposición de los restos vegetales. Una mala incorporación incrementa los riesgos de plagas, tales como: comején, sinfílidos, piojo harinoso y ácaros. Así también resulta en una pésima decisión el dejar los acahuales abandonados a su suerte, ya que sin excepción, todas las plagas, enfermedades y malezas encuentran en ellos el sitio idóneo para su multiplicación y posterior dispersión a terrenos vecinos, invadiendo poco a poco regiones antes libres de ellos.




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